Lantia

algunos retazos del día a día

La Mantilla 3 agosto 2009

Filed under: General — Lantia @ 10:10

 

 

mantilla

 

“Y al que escandalizare alguno de estos, mucho mejor le fuera que le ataran al cuello una de esas ruedas de molino que mueve un asno, y le echaran al mar. Que si tu mano te es ocasión de escándalo, córtala: mas te vale el entrar manco al reino de los cielos  que tener dos manos e ir al fuego inextinguible.” 

Marcos 9:42-43

 

5 horas en procesión. Valiosa mantilla artesana de chantilly, que pasó mas de una generacion de madre a hija. De riguroso luto, el sobrio vestido entallado, con escote de barca que lucía parte de los hombros e insinuaba el pecho, la cintura, las caderas. Medias negras de seda, zapato de tacón. Unas perlas era el único elemento de luz en el oscuro atuendo. En mis manos cubiertas por unos finos guantes de encaje un rosario de plata.

Me estaba esperando en la puerta de la ermita, sonreía. Me dijo que nunca me había visto tan guapa, sonreí nerviosa. Le dije que hacía frío. El coche estaba bastante lejos, se quitó su chaqueta y la puso sobre mis hombros.

 

Llegamos a su casa, habíamos acordado que esa noche nos quedaríamos allí, estaba demasiado cansada para salir. Pasé al baño mientras él abría una botella de vino. Al salir él me dijo nuevamente lo guapa que me encontraba vestida de ese modo. Retiró suavemente la mantilla de mi hombro y me besó el cuello. Sentí un escalofrío. Mientras sus labios subían hasta los míos su mano acarició uno de mis pechos sobre la ropa. Le dejaba hacer. Esa mano que aferraba mi seno estaba ahora bajo la falda, llegando a la braguita. Estaba muy mojada, debió notarlo porque me miró complacido, me ruboricé.

 

Se arrodilló ante mi, besó mis rodillas, mis muslos, sus manos iban subiendo la falda a medida que sus labios ascendían por mis piernas. Llevaba medias de liga, lo cual le facilitó bastante el acceso. Bajó la braguita negra quitándomela despacio y comenzó a lamer mi sexo. Estábamos en el centro de la estancia, no tenía ningún punto de apoyo excepto él mismo. Agarrado fuertemente a mis caderas mientras su lengua me hacía estremecer. Por un momento pensé que eso no estaba del todo bien, ahí estaba yo, vestida aún, con la peineta de carey, pensé que era un poco una falta de respeto a todo lo que representaba esa vestidura, que no era apropiado, pero el placer que la lengua de él provocaba hizo que pronto olvidara mis remordimientos.

 

Así que le supliqué que no parara, no quería que lo hiciera. El orgasmo me vino rápido, como un estallido, mis piernas temblaban, de no haberme tenido bien sujeta hubiese perdido el equilibrio. Se puso de nuevo en pie, nuestros cuerpos pegados, notaba su erección, nuestros labios se encontraron, y él bajó la cremallera trasera del vestido. Le pedí que me diera un minuto, para quitarme todo el armatoste que tenía en la cabeza.. Nuevamente en el baño, me deshice de las decenas de horquillas que sujetaban el laborioso recogido del pelo y la pieza de carey, los mechones cayeron ondulados como una cascada por mi espalda. Me desnudé lentamente frente al espejo, me daba algo de vergüenza salir así, así que me cubrí con la mantilla cuyo transparente encaje poco o nada tapaba.

 

El me esperaba en el dormitorio. Me aproximé, hizo que me sentara sobre la cama, la mantilla dejaba al descubierto uno de mis pechos, el resto estaba a la vista tras la sombra del encaje. Acarició mi pelo mientras mis manos abrían el pantalón, mi boca buscaba su pene ansiosa. Lamí, besé succioné… El no quería acabar, no aún, buscaba mi placer, se retiró de mi boca y me tumbó sobre la cama. Mil caricias, mil besos, me estaba llevando a extremos insospechados, se colocó detrás de mi, ambos de lado y empezó a penetrarme. Entre gemidos se me escapó un “Ay, Dios” muy impropio para las fechas que estamos. Ahora sonrío avergonzada al recordarlo. Sentado sobre la cama me coloqué sobre él, mis piernas alrededor le abrazaban, como todo mi cuerpo, una unión perfecta, le sentía dentro, sentía como mordisqueaba mis pezones, sentía su placer, y sentía el mío. Ni recuerdo cuantas veces me hizo llegar al orgasmo, terminamos abrazados en la cama, tranquilos, tapados con una antigua mantilla de chantilly negra.

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