Lantia

algunos retazos del día a día

Momento peliculero 5 agosto 2009

Filed under: General — Lantia @ 16:57
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estacion el prat

 

“Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo: los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final. Nunca serás mas hermosa de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí…”.

Brad Pitt, en  la película Troya

 

De cuando en cuando algunas cosas suceden de tal manera que se nos queda en la memoria para siempre. Creo que de eso tiene gran culpa todas las horas de tele y cine que absorbemos a lo largo de la vida. En el fondo todos somos un poco bastante peliculeros.

 

Una de las escenas de mi vida, escena de película claro, sucedió el verano pasado. Llevaba planeando el viaje desde hace tiempo, sin tener claro si debía  hacerlo. La intuición femenina me chivaba que no debía ir, pero no hice caso, y tomé ese vuelo.

 

Los madrugones, aeropuertos y arreglo personal son muy mala combinación. Tenía que estar a las 6 de la mañana presentando las maletas en el aeropuerto. Sobra decir que eso de viajar ligera de equipaje es una quimera para mi. Lo tenía todo preparado, excepto qué me iba a poner para viajar. Gran problema, pues iba con el tiempo justo. Al final, como sucede con las prisas, te pones lo primero que pillas del armario y luego te arrepientes pues ni resulta cómo ni bonito. Mi elección fue un error: la falda que consideraba cómoda se arrugaba solo con mirarla, y la camiseta era como una especie de sauna portátil.

 

Al llegar a Barcelona tenía pensado coger un taxi hasta mi hotel, pero era demasiado temprano y eso me supondría estar dando vueltas hasta las 12 que era la hora de entrada. Me decidí finalmente por el tren, un transporte casi desconocido para mi. Mi ciudad es tan pequeña que por no tener no tiene ni metro, menos aún tren de cercanía. Hacía casi una década que no subía en uno de estos y me sentía algo así como la cateta llegada del pueblo, sólo que en lugar del paquete con los chorizos llevaba el portátil y el bolso tamaño XXL

 

La verdad, estaba nerviosa, muy nerviosa. El viaje suponía para mi muchas cosas, la más importante un anhelado encuentro con un hombre. No tenía prisa habíamos quedado para cenar, pues a la hora que yo llegaba él marchaba a trabajar así que tendría todo el día por delante para descansar y adecentarme. Me dejó bien indicado los trenes que debía coger para llegar a mi destino. Era fácil: Aeropuerto-Estación de El Prat, y allí hacer un transbordo hacia esa preciosa localidad costera que sería mi destino final.

 

Bajé en la estación de El Prat y cambié al andén de enfrente para esperar el tren que me llevaría a mi destino. Para hacerlo debía subir por unas escaleras y atravesar una sala para bajar por otras. La estación no era la que yo recordaba. Era un engendro modernizado situado ahora en el subsuelo. En mi memoria la estación de El Prat se conservaba aún bonita, antigua pero al aire libre. Los tiempos cambian, y mutan (o mutilan) el entorno antaño hermoso.

 

Allí estaba yo, sentada en una oscura estación soterrada de tan solo dos andenes cons sus vías, cada una en dirección opuesta. Mi aspecto era lamentable: Las ojeras delataban que estaba muerta de sueño. Los rizos se habían convertido en una maraña rebelde. Mi ropa arrugadísima, parecía que la había llevado puesta durante una semana. El calor me hizo impacientarme  por llegar y darme una refrescante ducha en el hotel. Llevaba como siempre un abanico, pero no lo saqué. Me sorprendió muchísimo no ver a nadie con uno de estos, cuando en muchos lugares es un elemento tan imprescindible como el teléfono móvil. Por un momento pensé: menudas pintas, menos mal que no me ha recogido en el aeropuerto.

 

En dirección contraria a mi destino ví aproximarse otro tren. Por unos segundos soñé despierta. En mi sueño él iba en ese tren, nos mirábamos, el a través del cristal de la ventanilla, yo desde el andén de enfrente. Soñé que, como pasa en las películas romanticonas que él desaparecía en un segundo entre tanto viajero y el tren seguía su camino, dejándome esa desaparición desconcertada. Pero como el mío era un sueño muy peliculero, a los pocos segundos él aparecía por las escaleras que daban a mi parada y se plantaba frente a mi (música pastelosa de fondo, claro).

 

No supe como acababa ese sueño. No tuve tiempo de terminarlo, pues a medida que se aproximaba ese tren que no era el mío le vi. Era real, él iba en ese tren y me buscaba desde esa ventanilla hasta dar conmigo. No saliço de mi ni un sólo gesto, estaba rígida,  paralizada. Soy tan tonta que siempre me pasa lo mismo en los momentos especiales. Por unos instantes toda la gente que le rodeaba, que nos rodeaba desapareció, y durante esos segundos el tiempo se paró por completo. En esa estación sólo estábamos él y yo. Su presencia inundaba todo, ese tren, la estación, me inundaba a mi por dentro. Tan petrificada estaba por fuera como alterada por dentro. En serio, casi me da un telele.

 

Pero en el momento más inoportuno llegó mi tren y esto me hizo volver a la realidad. ¡Qué fastidio! Estuve a punto de perderlo, de dejarlo ir. No supe qué hacer, era una tontería, ¿qué iba a hacer yo ahí perdiendo el tren? Así que me subí a éste temblando de la cabeza a los pies, el corazón a mil por hora. Lo que parecía un sueño, las imaginaciones que minutos atrás me hacían grata la espera se habían convertido en una realidad. Sólo que el no  bajó las escaleras…  ¿O sí?

 

Pues sí. Sí que lo hizo. Esa noche, cenando con él me lo contó. Al verme bajó de su tren para correr a mi encuentro antes de que yo subiera al mío. Podríamos habernos tomado un café, echar un ratito. Podríamos habernos besado como lo hacen en el cine, podrían haber pasado mil cosas. Sólo que esto no era una película y no habían guionistas benévolos que nos echaran un cable. Cuando llegó a mi andén mi tren ya estaba en marcha  y yo no esperé. Aún ando tirándome de los pelos por ello. Quizá fuera un avance de lo que días después sucedería.

 

Así es la vida, un tiempo relleno de miles de momentos. Algunos amargos, otros dulces, y otros peliculeros. Y aunque mil cosas hayan pasado desde entonces, por unos segundos tanto él como yo fuimos los protagonistas de una escena propia de la gran pantalla.

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2 Responses to “Momento peliculero”

  1. Isa Says:

    ¡De cine! Sí señora

  2. Lantia Says:

    Lo malo es que las siguientes secuencias, más que de película romanticona acabaron siendo del terror más horroroso que te puedas imaginar…. a ver si las próximas pelis tienen mejor final


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